Misión orientada al futuro

Misión orientada al futuro

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Robert no llegaba a los cuarenta. Era depresivo, autodestructivo y con tendencia a la melancolía. Tampoco parecía buena idea darle la espalda: a los 22 años había intentado asesinar a su director de tesis con una manzana envenenada. Unos años después volvió a las andadas tratando de estrangular a uno de sus mejores amigos.

Era budista. Las malas lenguas decían que también un poquito comunista. Hablaba en sánscrito. Sus colegas decían de él que no era capaz de gestionar ni un puesto de hamburguesas. Y con estos antecedentes, Robert consiguió lo que probablemente haya sido uno de los empleos más importantes del siglo XX: la dirección del Proyecto Manhattan. Continuar leyendo