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Una política basada en misiones para salir de la crisis del Covid-19: el diablo en los detalles

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La primera y única vez que he usado un Prius fue hace seis años. Era un coche de flota de TECNALIA y me hacía una muchísima ilusión conducir ese monísimo híbrido automático. No cabía en mí. La ilusión me duró exactamente el tiempo de sentarme al volante: no sabía encenderlo, no encontraba las luces, no entendía los mandos y no tenía tiempo para leerme el enorme manual de instrucciones de la guantera.

Durante el viaje estuve a punto de romperme los dientes varias veces hasta acostumbrarme a no tener embrague. Pero la vergüenza suprema vino a la vuelta, cuando paré para echar gasolina (sí, el maldito necesita gasolina, como todo hijo de vecino) y pasé tanto tiempo dando vueltas que, al final, tuvo que venir el de la gasolinera muerto de risa para enseñarme cómo abrir el depósito. No he vuelto a reservar un Prius nunca más, y cada vez que veo uno por la calle se me ponen los pelos de punta.

Desde hace varios meses, cuando hago una presentación sobre el concepto de políticas orientadas a misión (mission oriented policies) la subtitulo: “el diablo en los detalles”. Con las misiones pasa como con el Prius: son atractivas, sostenibles y glamourosas, pero no puedes conducirlas aplicando lo que has aprendido con tu viejo diésel. Las misiones están orientadas a dar soluciones a los grandes retos globales (Sustainable Development Goals); necesitan direccionalidad, intencionalidad y visión estratégica, y están estrechamente unidas a las Tecnologías Facilitadoras Esenciales (KETs) y a las Estrategias de Especialización Inteligente (Smart Specialisation Strategies-S3).

Las KETs son fundamentales para dar respuesta a los grandes retos globales porque nos permiten romper las fronteras actuales del conocimiento y facilitan la creación de nuevas soluciones. Las Estrategias de Especialización Inteligente por su parte, desvelan las fortalezas sobre las que podemos construir la respuesta y dotan a las regiones y a las ciudades de un papel relevante dentro de las políticas orientadas a misión. Las convierte en lugares que importan (places that matter), y constituyen en sí mismas un ejemplo interesante de lo que supone ser una política orientada a misión.

La implantación de las políticas orientadas a misión se encuentra siempre con dos barreras insalvables: la gobernanza y la participación social.  Ambas, como la muerte y hacienda, son inexorables. La única forma de desarrollar una misión es hacerlo a través de un sistema coordinado de gobernanza múltiple horizontal y vertical. Las misiones, por su propia naturaleza requieren de la participación de numerosos agentes, sectores y tecnologías. Esto implica la necesidad de coordinar diferentes ministerios, agencias públicas, agentes financieros y agentes privados.

Para desarrollar una política industrial basada en misiones no vale con el ministerio de industria, es necesario también pensar en qué tipo de energía moverá la industria, qué impacto tendrá sobre el cambio climático, cómo serán los empleos, de dónde se recaudarán los impuestos, qué venderán las nuevas empresas, qué tipo de formación se demandará. Y esto hay que replicarlo a todos los niveles: local, regional, nacional, e incluso supranacional.

Para un responsable público esto es una pesadilla. Lo único bueno que puede decirse es que no hay forma de ejecutar una política orientada a misión sin un sistema de gobernanza integrado. Siguiendo el símil anterior, la gobernanza es como la muerte: no hay forma de eludirla.

El tema de la participación ciudadana se parece más a Hacienda. Que es inexorable, pero menos. Aunque la teoría nos dice que es imprescindible desarrollar las políticas orientadas a misión con la participación de la sociedad, son anecdóticos los casos en los que esto se hace de una forma rigurosa. En el estudio realizado hace dos años para la Comisión Europea, en el que participó el equipo de Políticas de Innovación de Tecnalia, analizamos cientos de casos de misiones sin apenas encontrar ejemplos de participación ciudadana. Participación ciudadana no es hacer encuestas preguntando a la gente qué opina sobre el cambio climático, ni tampoco hacer documentales o contar noticias en el telediario de la noche. El objetivo es buscar la involucración de la ciudadanía de una forma mucho más estrecha, que participen de forma activa en el ciclo de diseño e implantación de las políticas públicas.

Y entonces surgen las preguntas inevitables ¿Qué es ciudadanía? ¿Cualquier persona puede opinar sobre cualquier tema? ¿Qué criterios debería cumplir un/a ciudadano/a para considerar que su opinión es válida? ¿Y quién decide esos criterios? Ya veis que el tema se complica.

¿Cuál es el riesgo? Que podemos hacer trampas y saltarnos este requisito. No sabemos cómo involucrar a la ciudadanía, así que metámonos las manos en el bolsillo y pasemos silbando y mirando al techo. Creemos un comité con expertos de la universidad, de las grandes empresas y del sector público, y que ellos decidan. Podemos diseñar misiones sin tener en cuenta a la ciudadanía, al fin y al cabo, lo llevamos haciendo toda la vida.

El problema es que cuando la ciencia le da la espalda a la sociedad, la sociedad hace lo mismo con la ciencia. La sociedad no se rasga las vestiduras si el Gobierno de España ejecuta menos de la mitad de lo presupuestado en I+D. La sociedad no se preocupa si Portugal nos adelanta por la derecha en innovación. A la sociedad le da igual si en los últimos años tenemos una brecha histórica de inversión en I+D respecto a la media de Europa (de China ya, ni hablamos). Cuando hablamos de hacer políticas de innovación transformadoras, la sociedad nos sacaría la lengua, si supiera qué son y si le importaran.  No podemos transformar la sociedad sin la sociedad. Y las consecuencias las volveremos a pagar: caídas del PIB del más del 10% y caídas del empleo por encima del 5 % solo en este 2020.

Es el precio que hay que pagar por construir nuestro bienestar sobre sectores vulnerables (construcción, turismo) y olvidarnos de las fortalezas (S3) y de las palancas de desarrollo competitivas (KETs). Es lo que pasa cuando vives en la era de los Prius, pero te empeñas en conducir como si llevaras un Seat Panda.

Pero todavía tenemos una oportunidad: la Investigación y la Innovación Responsables (Responsible Research and Innovation-RRI), que busca el maridaje de la innovación y de la sociedad a través de un compromiso social completo, de la integración de todos los colectivos, y del impulso a una sociedad educada y comprometida.

Una sociedad formada e informada capaz de sostener y de demandar apuestas a largo plazo que configuren un tejido productivo sólido y resiliente ante las crisis.  La RRI es la pata que nos falta para que esta mesa de tres patas deje de cojear: Tecnologías Facilitadoras Esenciales (KETs), Políticas orientadas a Misiones (MOP), Estrategias de Especialización Inteligente (S3) e Investigación e Innovación Responsables (RRI).

Por muchas tecnologías que desarrollemos, por muchas estrategias y políticas que diseñemos, si no tenemos en cuenta a la sociedad como agente activo y comprometido, si no contamos con una sociedad formada y crítica, no llegaremos a ninguna parte. Crear una relación estrecha entre la innovación y la sociedad es la única manera de garantizar la supervivencia de las dos.

Sobre Eva Arrilucea Solachi

Doctora en Economía por la Universidad del País Vasco, Experta en Dirección de Negocio y Tecnología por la Deusto Business School (UD) y Miembro de la Junta Rectora de la Real Sociedad Bascongada de los Amigos del País. Eva Arrilucea tiene una trayectoria de más de 15 años como experta senior en el asesoramiento estratégico a administraciones públicas de Europa, África y América Latina.

Durante cinco años ha sido Directora de Políticas de Innovación en la División de Estrategia e Innovación. Actualmente es investigadora principal y líder del think tank de políticas públicas Think&Do de TECNALIA.