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Nuevas fuentes de proteínas: los insectos juegan un papel relevante

6 septiembre, 2018 Silvia Quintela Antolinez

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La obtención sostenible de nuevos suministros de proteínas que puedan aplicarse tanto en la alimentación humana como animal es un reto urgente de nuestra sociedad. La población mundial está en continuo crecimiento y según las estimaciones más recientes de las Naciones Unidas, en el año 2050, la población ascenderá a 9.700 millones de personas.

Actualmente, los recursos agrícolas son escasos, los océanos están sobreexplotados, y las explotaciones ganaderas y piscifactorías generan significativos costes ambientales. Ante esta perspectiva, serían necesarios casi tres planetas Tierra para proporcionar los recursos naturales necesarios para mantener los modos de vida actuales en el año 2050.

La UE ya ha manifestado la necesidad de implantar medidas indispensables para reemplazar los cultivos proteínicos importados con fuentes alternativas de origen europeo: motivado en gran medida por su fuerte dependencia exterior de proteína vegetal (aproximadamente el 70 % de soja consumida en Europa se importa).

Ante esta situación es acuciante encontrar fuentes alternativas de proteína e ingredientes que sean medioambientalmente sostenibles. Se prevé que los insectos puedan jugar un papel relevante. Tanto es así que diferentes organizaciones y empresas ya han comenzado a estudiar la posibilidad del empleo de insectos en la alimentación humana y animal.

La Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) publicó en el año 2013 un documento en el que se resumen las oportunidades, y limitaciones del uso de insectos como alimento destinado a animales y humanos. Asimismo, la Comisión Europea solicitó recientemente a la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (EFSA) la revisión de los riesgos microbiológicos, químicos y ambientales asociados al consumo de insectos y su producción destinado a la alimentación humana y animal. En un futuro, los insectos podrían llegar a ser una fuente alimenticia humana y animal alternativa con un valor nutritivo muy prometedor.

Bibliográficamente, se han referenciado más de 2.000 especies de insectos como comestibles. Entre las más comunes se encuentran las especies de coleópteros (escarabajos), lepidópteros (orugas de mariposas y polillas), himenópteros (abejas, avispas, hormigas), ortópteros (saltamontes, langostas, grillos, termitas), hemípteros (cigarras, insectos verdaderos, insectos de escamas), odonatos (libélulas) y dípteros (moscas). El valor nutricional de los insectos comestibles es muy variable debido a la amplia gama de especies existentes. Incluso dentro del mismo grupo de especies, el valor nutricional puede variar en función de diferentes parámetros, como por ejemplo la etapa metamórfica del insecto, las condiciones ambientales y su dieta. En general, la composición nutricional de muchos de los insectos se caracteriza por presentar un alto contenido en proteínas, grasa, vitaminas, fibra y minerales, pudiendo cubrir las necesidades nutricionales de la población.

A nivel regulatorio, recientemente se han producido importantes cambios legislativos. En el año 2015 se aprobó en Europa un nuevo Reglamento sobre alimentos (UE) No 2015/2283 cuya aplicación es efectiva desde el pasado enero de 2018: se incluye como categoría de nuevo alimento a los insectos enteros y sus partes (como las patas, las alas y la cabeza) o, el alimento aislado de estos o producido a partir de estos. En el año 2017, se ha dado un paso más permitiéndose a través del Reglamento (UE) No 2017/893 la obtención de proteína animal destinada a la alimentación de los animales de acuicultura procedente de los insectos, y se prevé que en un futuro no muy lejano la autorización se amplíe a animales monogástricos.

Por otra parte, actualmente prevalece el modelo económico lineal, un modelo poco sostenible y que está rozando sus límites físicos. Este modelo consiste en “tomar, hacer y tirar”, confiando en la disposición de grandes cantidades económicas y fácilmente accesibles de materiales y energía, además de medios baratos para deshacerse de lo que ya no interesa.

Una alternativa sostenible y necesaria es ir implantando en nuestra sociedad un modelo de economía circular, siendo uno de los objetivos estratégicos de la Unión Europea, dónde la producción de insectos puede liderar la transición hacía este modelo debido a las ventajas que presenta:

  • Alta eficiencia de conversión alimenticia (la capacidad de un animal para convertir la masa del alimento en masa corporal aumentada, representada como kg de alimento por kg de ganancia de peso), y significativamente menor consumo de agua con respecto a la ganadería.
  • Pueden criarse en corrientes laterales orgánicas, reduciendo la contaminación ambiental, mientras se agrega valor al desperdicio mediante la obtención de un abono orgánico.
  • Emiten relativamente pocos gases de efecto invernadero, y relativamente poco amoníaco.
  • Requieren significativamente menos espacio terrestre para su producción que la ganadería.
  • Presentan un bajo riesgo de transmisión de infecciones zoonóticas.

Sin embargo, para que los insectos puedan considerarse como una fuente alternativa alimenticia, tanto desde un punto de vista competitivo como por volumen de suministro, tendrían que obtenerse a gran escala. Para ello, se tienen que superar una serie de hándicaps como aumentar el tamaño de las empresas de cría de insectos, así como su eficacia energética; reducir los costes laborales por la mecanización, automatización y logística del proceso; reducir los costes de procesamiento e incrementar la eficacia en la dieta de los insectos y el uso de sustratos procedentes de residuos de origen vegetal y animal.

Otro desventaja importante por superar es la percepción por parte del consumidor. Aunque los insectos han formado parte de la alimentación humana desde épocas remotas en sociedades como la asiática, en la mayoría de los países europeos representa un tabú. Es una cuestión imprescindible fomentar la educación y promocionar los beneficios del consumo de insectos, así como ahondar en un adecuado procesamiento de los alimentos, en base a insectos, para mejorar sus propiedades sensoriales y la aceptación del consumidor.

Lo que es indudable es que en los próximos años se producirá un crecimiento significativo en la demanda de insectos y sus productos derivados: vendrá de la mano de investigaciones que desarrollen productos competitivos, innovadores y que no entren en competencia con recursos que puedan ser dirigidos a la alimentación humana y animal, impulsando, al mismo tiempo, la transición hacía modelos económicos basados en la economía circular.

Sobre Silvia Quintela Antolinez

Licenciada y Doctora en Ciencias Químicas por la Universidad del País Vasco.

Actualmente es investigadora del Área de Alimentación Saludable en TECNALIA. Cuenta con amplia experiencia investigadora, en iniciativas relacionadas con el sector alimentario, adquirida mediante su participación en más de 30 proyectos, tanto de financiación pública como bajo contrato con empresas, a nivel nacional y europeo.

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