Cuando las tecnologías digitales apuntan al cielo

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Estamos oyendo explicaciones tan interesantes sobre la Nueva Industria, la Industria Conectada o la Industria 4.0, todo ello viene a ser parecido, y nos estamos olvidando casi de lo más obvio; se trata de la industria que producirá y suministrará los bienes que demandará la sociedad en los próximos años. Y no hablamos de una demanda pequeña. En 10 años seremos probablemente más de 8.000 millones de personas.

Tanto la demanda de bienes y productos de los hogares como la de bienes industriales crecerá globalmente, especialmente en los países en desarrollo. Estar en la nueva industria significa participar en la producción y suministro de estos bienes y además, hacerlo de la manera tal y como se demanda. La fábrica digital es un pilar central para esta participación, pero no el único: el impacto de la tecnología digital en los nuevos productos tiene implicaciones profundas en cómo será su concepción, fabricación y explotación, implicaciones que acabarán transformando por completo los negocios más clásicos centrados en el producto físico.

La incorporación de las tecnologías digitales en los nuevos productos provoca dos transformaciones simultáneas. Por un lado, la denominada esmartización que tiende a sofisticar el producto, a hacerlo más inteligente, más capaz, con más funcionalidades. Y por otro, la denominada servitización escalando posiciones en la cadena de valor hacia los consumidores, en cómo es la experiencia de uso y en su vinculación e integración con otros productos de la vida cotidiana. Si nos echamos la mano al “bolso o bolsillo” encontraremos un potente dispositivo inteligente que entre muchas cosas sirve para hablar con otras personas, pero que además, se conecta con el coche, con la televisión, con el equipo de música, con el termostato o con otros dispositivos para proporcionar servicios que ni siquiera se habían concebido cuando el dispositivo fue producido.

Las tecnologías digitales convierten los productos en sistemas producto – servicio. Añadir software les dota de una capacidad de inteligencia; les permite por ejemplo procesar información de sensores, inferir, actuar y aprender haciéndolos más conscientes de su propósito y más autónomos. Y simultáneamente, configurar sobre el producto físico un conjunto de servicios, incluidos los digitales que, a través de nuevas experiencias, los vincula más con las personas o con otros productos de nuestro entorno. Son más smart y, al mismo tiempo, más capaces de proporcionar servicios.

Este es el auténtico potencial para la nueva industria y donde debemos poner el foco. El paso de productos a sistemas producto – servicio es una poderosa fuente de oportunidades para crear valor. Un neumático sensorizado puede proporcionar información valiosa al fabricante durante el proceso de fabricación y al propietario del vehículo o al conductor, acerca de la presión o el desgaste, incluso en ruta. Además, toda esa información recolectada por los neumáticos acerca del desgaste o condiciones de las carreteras es relevante para los proveedores de infraestructuras; puede optimizar sus procesos de mantenimiento y restauración, y priorizar las intervenciones.

Sin embargo, aprovechar con éxito estas oportunidades de creación de valor que se abren con los sistemas producto – servicio representa un tremendo desafío para la mayoría de las empresas industriales tradicionales; requiere de transformaciones en tres aspectos fundamentales e interrelacionados.


En primer lugar, en el cambio de relación con los clientes y consumidores. Con los sistemas producto – servicio la relación es más cercana, más personalizada y más continua. Modifican la vinculación con el consumidor (usuario o cliente); en cómo éste los usa y para qué. Una cerradura digital puede conectarse con el móvil (incluso remotamente) para avisar quién llama o está entrando, o conectarse con los sistemas del hogar para saber quiénes se encuentran en casa, quizá, cómo ajustar la temperatura… A su vez, esta nueva vinculación entre el “bien y el consumidor” cambia la que existe entre el “proveedor con el bien” y, por ende, con el “consumidor del bien”. Por ejemplo, cuando se realiza una actualización en la aplicación de un móvil. Las tecnologías digitales permiten hacerlo ahora transparentemente. Si antes el producto, en la mayor parte de los casos, salía del perímetro del proveedor en el almacén, en la tienda o en la casa del cliente tras la entrega, en el nuevo escenario de sistemas producto – servicio la vinculación va a ser continua durante el ciclo de vida del bien, incluso, después de la entrega. Y eso tiene importantes implicaciones para los negocios que han estado operando en los modelos tradicionales.

En segundo lugar, con las nuevas funciones de aportación de valor dentro de la propia empresa. El diseño, fabricación, suministro y explotación de sistemas producto – servicio desplaza las funciones de aportación de valor en las empresas industriales hacia nuevas áreas, muchas de ellas poco conocidas en el mundo industrial, como las de gestión de datos (de operación, de producto, de comportamiento del cliente y consumidor), las de capacidades digitales y de hibridación multi-tecnológica o las de servitización. Por ejemplo, convertir un contador en un sistema producto – servicio va a suponer al fabricante de ese contador el desarrollo de nuevas funciones para la gestión de los datos desde la nube, para la prestación del servicio al cliente (quizá ya la venta de datos “en modo servicio” y no precisamente los propios contadores), para la actualización remota del software con cierta frecuencia, para la ciberseguridad, para la búsqueda y prestación de nuevos servicios al consumidor o a terceros…

Y en tercer lugar, en los ritmos de innovación. Estrechar la relación con los clientes y consumidores, con productos y servicios, supone incrementar los ritmos de renovación de aportación de valor. Y además anticipándose en un campo de juego donde la competencia es muy intensa. Se requiere innovar en múltiples frentes; disponer de un conocimiento más preciso y personalizado de la demanda, mayor agilidad en las operaciones, encontrar y desplegar negocios adyacentes o establecer acuerdos con socios distintos a los habituales que contribuyan a la aportación global de valor.


Para aprovechar toda esta capacidad de creación de valor es preciso que los negocios industriales realicen una transformación digital para dominar estos tres aspectos anteriormente mencionados. Una transformación que es, fundamentalmente, de personas y de cultura. Aun siendo un cambio extraordinariamente complejo, la industria puede abordar esta transformación aprovechando el conocimiento existente en el mundo digital, pues se trata precisamente de un funcionamiento nativo donde esta industria se ha estado forjando estos últimos 15 años.

Las tecnologías digitales suponen indudablemente una revolución para los bienes industriales y de consumo. Concentrarnos meramente en la modernización de los productos con estas tecnologías es demasiado simplista y, nos puede despistar del auténtico foco de actuación.

Aceleremos la transformación digital de nuestra industria en su conjunto para que aspire a producir, concebir y explotar con éxito una parte de los bienes que demandará la sociedad en los próximos años.

Sobre Guillermo Gil Aguirrebeitia

Coordinador del Clúster de Conocimiento en Tecnologías de la Información y de la Comunicación, una comunidad de práctica de cerca de 350 especialistas para el desarrollo de conocimiento especializado.

Trabaja también como diseñador e intra-emprendedor de negocios emergentes alrededor de las TIC. Ingeniero de Telecomunicación, cuenta con más de 28 de experiencia en el ámbito de la I+D, con una potente base en el desarrollo de equipos, desarrollo de negocio de base tecnológica y diseño estratégico.

Participa en numerosos foros y Grupos de Trabajo nacionales e internacionales relacionados con las TIC y el desarrollo de la Sociedad de la Información.

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