La prospectiva en tiempos revueltos

27 octubre, 2015 Daniela Velte

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El sector de la I+D, como la educación y la industria de las grandes infraestructuras, tiene que mirar necesariamente a largo plazo y usar, para ello, los instrumentos de la prospectiva y de la planificación estratégica. Apostamos por tecnologías cuando éstas aún están muy lejos de llegar al mercado, en el que se tendrán que introducir, en el momento óptimo, para su comercialización, ¡ni demasiado temprano, ni demasiado tarde!

La tarea de la planificación es complicada, incluso cuando nos dirigimos a un mercado relativamente estable. ¿Quién no conoce un ejemplo de una apuesta tecnológica que se anticipó a una demanda que no se materializó en el tiempo previsto?

Pero la tarea resulta extraordinariamente complicada cuando se trata de mercados convulsos que se encuentran en un proceso de transición a un modelo nuevo, como es, hoy en día, el energético. Apretado por la creciente dificultad a acceder a yacimientos, materias primas de alta calidad (con bajo coste e impacto ambiental) y a una creciente demanda mundial, por un lado y, por otro, por tecnologías descentralizadoras, que podrían empoderar al consumidor, la industria se encuentra ante lo que se denomina “tendencias disruptivas”. Son generalmente un cúmulo de cambios que se están produciendo simultáneamente y cuyos impactos solo podemos interpretar correctamente si observamos de cerca el posicionamiento de los principales actores. También hace falta cierta capacidad de “pensar lo impensable”, es decir trabajar con escenarios radicales que normalmente preferimos ignorar.

Un escenario de este tipo lo describe Peter Kind, del Edison Electric Institute, para la industria eléctrica norteamericana: la industria podría perder su acceso a la financiación de bajo coste como consecuencia de la contracción de la demanda, la cual es fruto de las medidas de ahorro energético, la generación descentralizada y el incremento del coste del kWh para el consumidor, ya que los costes de mantenimiento del sistema se reparten entre un número menor de kWh vendidos. El incremento del coste del kWh hace, a la vez, que las inversiones en ahorro y en autogeneración sean más rentables, creándose de esta forma un círculo vicioso que pone en peligro a las empresas del sector.

Este escenario, en sí coherente, deja al lado la respuesta de la industria que hemos visto estos días en España en forma del “impuesto al sol”. Se trata de un intento de blindar al mercado tradicional y frenar a la innovación. También lo estamos viendo en el caso de los nuevos servicios de “economía colaborativa” destinados por ejemplo, al car-sharing.

Pero el regulador nacional o regional que intenta proteger a la industria tradicional sólo es un agente de muchos que influyen en el juego. Tiene suficiente influencia para cavar la tumba a las empresas que trabajan con tecnologías y servicios innovadores (y el sector de la I+D que les apoya), pero no puede evitar que esas tecnologías prosperen en otras partes del mundo, porque el mundo las necesita.

Llegaremos probablemente a un escenario en el que la tecnología solar avance con nuevos sistemas más eficientes y complejos, pero los componentes ya no serán fabricados en Europa, tal como ha pasado con muchísimos productos intermedios que son esenciales para la industria europea.

Lo que hoy vemos en España es uno de estos escenarios incómodos en los que no hemos querido pensar hasta hace unos años, cuando todo apuntaba a una decidida apuesta (europea) por las energías renovables. De haberlo previsto, habría sido posible reaccionar a tiempo mediante una agresiva estrategia de internacionalización del sector y el fomento de las tecnologías de bajo coste.

La prospectiva debe de servir para eso: para ganar tiempo a prepararse incluso para los escenarios más negativos. Pero el problema actual reside que este cúmulo de tendencias potencialmente disruptivas se está produciendo de forma simultánea en muchos ámbitos; en el socioeconómico con los impactos  diversos de la recesión prolongada, en el geopolítico con la lucha por los recursos menguantes y en el plano político.

¿Qué ocurriría en el caso de una desintegración de la Unión Europea o de China?

Os invito a pensarlo hasta el final.

Sobre Daniela Velte

En abril de 2006 se incorporó al centro tecnológico INASMET. Posteriormente realizó las funciones de Directora de Programas de Estrategias de Innovación de TECNALIA. Está especializada en prospectiva energética y planificación estratégica. Desde hace varios años colabora con la Oficina de Evaluación de Tecnologías del Parlamento Europeo (STOA) y también es la coordinadora de uno de los Programas Conjuntos de la European Energy Research Alliance (EERA), “e3s”. Este Programa Conjunto busca alinear la investigación europea en torno a los impactos económicos, medioambientales y sociales de políticas y tecnologías energéticas.

Para STOA ha realizado dos estudios de evaluación; uno relacionado con Redes Inteligentes y otro que analizaba opciones para la conversión de CO2 a metanol para usos en transporte. Anteriormente colaboró en una serie de estudios muy relevantes en Europa, tales como “ReRisk Regions at Risk of Energy Poverty”, el European Foresight Network EFONET o “EurEnDel – Technology and Social Visions for Europe’s Energy Future”. Trabajó durante 15 años en Prospektiker, realizando diversos estudios para el Departamento de Planificación Estratégica de Iberdrola.

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